Tú y yo, ¿qué?
5 de julio de 2026
Qué poca vergüenza.
Acabé la última newsletter diciendo que “no sé si volveré” porque se viene un verano de muchísimo trabajo, necesito descansar, desconectar y desaparecer un rato... y aquí estoy. 5 de julio, puntual. En fin. La coherencia nunca fue mi fuerte.
Hoy te escribo desde mi hogar en Palma de Mallorca y te cuento por qué la filmoteca puede ser el mejor plan para las tardes de verano. También salgo en defensa de otro filósofo obsesionado con el placer (vaya éxito tuvo Epicuro, amiga). Sigo poniendo banda sonora al verano y comparto una fantasía que me ronda la cabeza desde hace tiempo. Y termino con una reflexión sobre cómo cada vez nos cuesta más interpretar una obra y distinguir entre una crítica, una caricatura y una defensa. Es el punto que más he tardado en escribir. Me he enfadado y me he puesto seria. Bueno, todo lo enfadada y seria que yo puedo ponerme. Poco.
Espero que estés teniendo un buen inicio de verano y que esta newsletter te baje como un Calippo de lima. Es tuya, disfrútala.
Punto #1 Filmoteca mon amour
Pienso mucho en el verano y, de tanto darle vueltas, saco conclusiones que ya te he comentado mil veces. Que si somos mejores personas, que si hay que crear una plataforma para la desestacionalización del consumo de helado, que si alcanzamos nuestro peak de belleza entre junio y septiembre. Y hay otra que, año tras año, se confirma: si te quedas en la ciudad, el mejor sitio para pasar una tarde de verano es la filmoteca. Peli. Sala fresquita. Afuera un calor bíblico. No necesito mucho más para ser feliz. Además, los ciclos que han preparado esta temporada en Madrid y Barcelona son espectaculares. Desde mi pequeña tribuna me pongo en pie y aplaudo a quien haya tenido esas ideas. Bravo!
Para empezar, la Filmoteca de Catalunya ha montado un ciclo que solo con el título ya te gana: “Tú y yo, ¿qué?” Sobran las palabras, no? Conoces a alguien. Os gustáis. Vais quedando. Jeje. Jiji. Todo fluye hasta que llega la pregunta maldita: “Vale... tú y yo, qué?” AAARRGGGHHHHHH!
Y de eso va el ciclo. Se olvida de las comedias románticas que te venden que el beso final lo arregla todo y recupera películas donde las relaciones son más como las nuestras. Gente que se quiere pero se hace un lío. Que toma malas decisiones. Que se separa. Que vuelve. Que no vuelve.
Ahí están Cuando Harry encontró a Sally, Luna hechizada, Desayuno con diamantes y unas cuantas más a las que siempre apetece volver.
Y como no todo va a ser Barcelona, la Filmoteca Española también se ha marcado un ciclo que me parece una fantasía: Gótico Mediterráneo.
Estamos acostumbradas a pensar en él como si todo fueran sombrillas de rayas, calas de aguas cristalinas y gente guapa untándose crema solar. Pero el Mediterráneo también puede dar un poquito de miedo.
Hay algo inquietante en ese calor que no baja ni de noche, en las persianas medio cerradas, en las cigarras sonando fuerte a mediodía, en la luz blanca cegadora. Vampiros, giallo, thrillers y películas rarísimas. Vamos, que si Rohmer es el verano que todas queremos tener, el de la Filmoteca es más bien una pesadilla.
Este verano, tú y yo, ¿qué? Pues tú y yo... a la filmoteca.
Punto #2 Un poco cirenaica
Quién me iba a decir que un filósofo que vivió hace más de dos mil años iba a colarse entre los temas más celebrados de esta newsletter. Y, sin embargo, aquí estamos. El punto sobre Epicuro ha sido de los que más conversación ha generado y me gusta porque confirma que la filosofía es mucho más que aquellas clases aburridas del instituto.
Ya os dije que soy fan de Epicuro. My fav. Lo seguiré siendo siempre, tanto que me estoy planteando hacerme una camiseta. Pero tengo un problema, me cuesta ser fiel a una sola idea. Me contradigo y cambio de opinión todo el rato y con la filosofía no iba a ser diferente.
En el Sónar, me descubrí pensando: “Tú muy epicúrea, pero de mesura hoy vas regular, cariño. Hace un rato que dejaste atrás los placeres básicos y naturales”. Estaba en un momento cirenaico de manual, claro.
Y te preguntarás, quiénes son los cirenaicos. Es muy probable que los conozcas más de lo que crees porque, aunque la historia de la filosofía nunca los destaca, cuando decimos que alguien es un hedonista en realidad hablamos de ellos.
Long story short: Aristipo de Cirene fundó una escuela que entendía el placer de una forma muy distinta a Epicuro, mucho más radical e intensa. Si Epicuro te invitaba a bajar las revoluciones y a moderarte, Aristipo te decía que, ya que estás aquí, aprovecha el viaje y dale duro.
Hoy vengo a reivindicar un poquito a los segundos, los cirenaicos, explicándote cinco de sus puntos clave:
El placer es ahora
Lo tenían clarísimo, el único placer que existe es el que estás sintiendo ahora. Ni el que recuerdas con nostalgia ni el que esperas con ganas. Nos pasamos media vida pensando en el siguiente viaje, en el próximo viernes o en las vacaciones de agosto mientras dejamos pasar placeres cotidianos. Aférrate a ellos y exprímelos al máximo, el presente es lo único que tienes.
No acumules. Disfruta.
A los cirenaicos les interesaba mucho más la experiencia que la posesión. Ellos no soñaban con tener un barco, preferían ser amigos de alguien que lo tuviera. Salir a navegar, notar el viento en la cara, tirarse al agua y volver a puerto sin preocuparse del amarre, del seguro o de si hay que pasar la manguera por la cubierta. Gozar sin cargar con el peso de poseer. Lo más.
Que el placer no te posea a ti
Aristipo disfrutaba de la buena comida, del vino, de los masajes, pero repetía una idea que me parece interesantísima: posee las cosas, pero no dejes que las cosas te posean a ti. Puedes pegarte un fin de semana increíble, invertir en un viaje o en una cena deliciosa y excesiva, pero el problema llega cuando sientes que solo puedes disfrutar cuando pasa algo extraordinario. Vas mal si el placer deja de ser una elección y se convierte en una necesidad.
El cuerpo también piensa
Mientras otras escuelas desconfiaban del cuerpo, los cirenaicos entendían que este es una fuente de conocimiento.
Hay placeres que no necesitan demasiadas explicaciones. Un baño en el mar cuando hace calor, un orgasmo o saborear un melocotón en su punto. No todo tiene que pasar por la cabeza, darle una alegría al cuerpo ya es suficiente.
No existe una única manera de disfrutar
Los cirenaicos nunca pretendieron hacer un manual de instrucciones sobre cómo hay que vivir. Hay quien encuentra el placer encerrándose un domingo con un libro en casa, otros necesitan reunir a toda la familia alrededor de una mesa y algunos consideran que el mayor lujo es cancelar un plan sin sentirse culpable.
No existe una forma correcta de disfrutar. Cada una encuentra el placer donde lo encuentra y, mientras sea de verdad suyo, está perfecto.
En fin, Epicuro seguirá siendo mi filósofo favorito. Eso no ha cambiado. Pero Aristipo me cae cada vez mejor porque me recuerda que disfrutar no siempre necesita una justificación ni una recompensa. Al final no se trata de elegir.
Hay días para Epicuro y noches para Aristipo.
Punto #3 Bar Mediterráneo
Hay discos que a los veinte segundos, ya sabes que te van a acompañar una temporada. Me pasó cuando Elia, mi italiano, llegó a casa y puso el álbum que hoy te presento.
Empezó a sonar y pensé, “bueno, pues ya está, acabo de encontrar la banda sonora del verano”. Como aquí hemos venido a compartir, me gustaría que te acompañara mientras lees este punto. Así que dale al play y sigue.
Se llama Bar Mediterraneo, de Nu Genea. Son un dúo de Nápoles que mezcla funk, disco, jazz y sonidos de todo el Mediterráneo. Si te digo la verdad, las primeras veces estaba convencida de que cantaban en francés. O de que eran brasileños. Tampoco me preocupé demasiado por averiguarlo, simplemente me llevaba a ese lugar en el que me gusta estar cuando llega el verano. Después descubrí que cantan en napolitano, aunque también juegan con otros idiomas y colaboran con músicos de distintos lugares. El disco está pensado como un bar imaginario donde se cruzan culturas, acentos y ritmos, y creo que esa mezcla es precisamente lo que lo hace tan especial.
Punto #4 Quiero ser una viejita griega
Desde hace unas semanas sigo varias cuentas de Instagram que publican casas en venta en diferentes islas griegas. Casas asequibles que ni se acercan a los precios de Barcelona.
La mayoría están destartaladas o perdidas de la mano de Dios, en pueblos donde en agosto rozas los doscientos grados y el vecino más cercano se llama Yorgos y tiene ochenta y siete años.
Y, sin embargo, no puedo dejar de mirarlas. No porque me enamore la casa. Creo que me enamora la vida que imagino dentro. Me veo siendo una viejita sentada en una silla de mimbre, delante de una fachada blanca con una puerta azul, comiendo pipas, bebiendo ouzo o preparando una ensalada de tomate, pepino y feta mientras la tarde pasa.
Hay algo en esa imagen que me produce una nostalgia rarísima. Como si echara de menos un lugar en el que nunca he vivido. Pero quizá no estoy echando de menos Grecia. Estoy echando de menos una forma de vivir.
Tiene que ver con mis yayos. Con el pueblo. Con las sillas en la puerta de casa. Con las conversaciones sin prisa. Con esa sensación de que la vida sucedía despacio y casi siempre en la calle. A veces pienso que envejecer en una isla griega sería una forma preciosa de volver, de alguna manera, a aquella infancia. Como si el círculo pudiera cerrarse muy lejos de casa.
Luego hay días en los que fantaseo con justo lo contrario. Ser una viejita berlinesa, vestir siempre de negro y seguir entrando en clubes de techno cuando tenga ochenta años. No sé muy bien cómo conviven esas dos mujeres dentro de mí. Supongo que la griega aparece cuando necesito bajar el ritmo y la berlinesa cuando me pide el cuerpo justo lo contrario.
Pero es verano y hoy manda Grecia. Te dejo por aquí algunas fotos de las personas en las que me gustaría convertirme algún día.









Punto #5 ¿Y si no va de eso?
Llevo unos días dándole vueltas a algo que me preocupa. Tengo la sensación de que cada vez nos cuesta más interpretar una obra. No hablo de que nos guste o no, sino de algo más básico: entender qué nos intenta decir.
Una sociedad que no distingue entre representar algo y defenderlo está perdiendo la capacidad de leer la cultura y creo que cada vez interpretamos menos y reaccionamos más. Hemos sustituido la curiosidad por el juicio. Ya no nos preguntamos qué intenta decir una serie, sino si estamos de acuerdo con ella. No buscamos una segunda lectura, buscamos un veredicto. ¿Estoy a favor o en contra? ¿Es buena o mala? ¿La cancelo o la aplaudo? Ya no le pedimos a una película que nos incomode o nos haga pensar. Le pedimos que confirme lo que ya creemos. Y, sin darnos cuenta, hemos convertido el arte en una especie de test moral.
Lo veo continuamente. Mostrar violencia se interpreta como justificarla. Enseñar una vida de excesos significa hacer apología de ella. Introducir la religión en una historia equivale a defenderla. Si un personaje es cruel o manipulador, se da por hecho que el director lo admira. Como si una obra solo pudiera decir exactamente lo que aparece en pantalla, hemos olvidado que el cine, la literatura o las series llevan siglos utilizando la ironía, la exageración, el símbolo o la sátira para cuestionar aquello que representan.
Todo esto me ha venido a la cabeza al terminar la tercera temporada de Euphoria.
He leído críticas que la interpretan como una defensa de la religión, de la tradición o de Trump. Y creo que ahí está precisamente el problema, se ha confundido la caricatura con la admiración.
Yo no he visto una temporada que defienda la religión. He visto una crítica feroz a los Estados Unidos de hoy. A la crisis del fentanilo y los opioides. Al capitalismo convertido en religión. A la pornografía y la intimidad hechas negocio. A la necesidad de validación. A los influencers, la fama y la obsesión por construir una identidad nueva cada pocos meses. A la religión convertida en refugio cuando todo lo demás falla. A una sociedad que parece incapaz de convivir con el vacío y necesita encontrar constantemente algo para rellenar.
No habla solo del presente. Habla de un país que acelera todas esas dinámicas. Todo es más rápido. Más extremo. Más adictivo. Y ahí es donde creo que aparece la gran idea de la temporada: todos los personajes están intentando salvarse, pero cada uno elige una forma distinta.
Rue busca salvarse en las drogas, en el amor, en la familia, en la posibilidad de empezar de cero y, cuando todo eso falla, en la religión. Pero ni siquiera la fe consigue rescatarla. Si la serie quisiera decir que la religión mola, la habría salvado, pero hace exactamente lo contrario.
Cassie vive enganchada a la validación de los demás. Necesita ser deseada para sentir que existe. Nate solo entiende el mundo desde el poder, el control y la violencia. Jules persigue una identidad que siempre parece escapársele y necesita sentirse querida constantemente. Maddy convierte el lujo y el estatus en la promesa de otra vida. Ali intenta redimirse salvando a los demás. Alamo solo cree en el dinero y convierte la destrucción ajena en un negocio. Al final, nadie es realmente libre. Y ahí está la gran tesis de la temporada.
Euphoria no habla de adicciones. Habla del mercado de las adicciones.
Estados Unidos ha convertido cualquier necesidad humana en un producto. Si necesitas amor, alguien te lo vende. Si buscas pertenecer, alguien te lo vende. Si buscas identidad, reconocimiento, espiritualidad o evasión, también.
Por eso es mucho más política de lo que parece. No retrata solo un país lleno de adicciones. Retrata un sistema que ha convertido el cuerpo, el deseo, la espiritualidad, el duelo o la identidad en mercancía. No habla únicamente de personas perdidas. Habla de un sistema que ha aprendido a hacer negocio con ellas.
También me ha fascinado la cantidad de símbolos. El ataúd, la serpiente, el desierto, el episodio final titulado In God We Trust... No me parecen referencias religiosas puestas para convencer a nadie, sino para construir una alegoría sobre una sociedad que busca desesperadamente algo en lo que creer cuando todo ha fallado.
Me molestaban más las botellas de Coca Cola del último capítulo que las cruces. Las referencias bíblicas las leo como parte del discurso. El product placement del refresco era lo único que de verdad me saca de la historia.
Y por eso sigo sin entender cómo tanta gente ha leído esta temporada como una celebración de todo aquello que, precisamente, está retratando de forma grotesca.
Quizá esa sea la reflexión que me llevo. Cuando una sociedad deja de distinguir entre una representación y una defensa, entre una sátira y una apología, el problema ya no es cómo leemos una serie, es cómo estamos aprendiendo a leer la realidad.
Interpretar también es una forma de pensamiento crítico. Y quizá el verdadero problema no sea haber entendido mal Euphoria. Quizá sea que estamos perdiendo la capacidad de leer una metáfora.
Punto y aparte
Se cumplen 50 años de El Desencanto, una de mis películas favoritas. En Atlàntida Mallorca Film Fest lo celebr con una proyección especial con Jaime Chávarri como invitado (no voy a llorar). Mientra llega, te recomiendo esta entrevista de 1976 al director acompañado de Felicidad Blanc, Leopoldo y Michi Panero. Oro.
El gran homenaje público a David Hockney será en la primavera de 2027 en Londres. Apúntalo porque no nos lo podemos perder. Él se merece que celebremos su vida y su obra por todo lo alto.
El 25 de junio Anthony Bourdain habría cumplido 70 años. Para celebrarlo, El Comidista ha recuperado la receta de su bocadillo favorito: mortadela, queso y pan bien tostadito. ¿Qué podría fallar?
Cuando tengas un mal día, mira este vídeo. Te darás cuenta de que nada es tan importante como parecía hace cinco minutos.
Me lo he pasado bien leyendo La bola, de Daniel Verdú. La historia de Mar de Marchis, un personaje que desapareció dejando una enorme ola de misterio a sus espaldas. Buena lectura para el verano.
Aquí debería decirte que volvemos a vernos el día… bla bla bla. Pues eso, que espero que sea pronto.
Feliz verano y disfruta de todo!




















Me pregunto si Simón de Cirene estaría pensando en su compatriota Aristipo y los placeres, cuando, volviendo de trabajar cruzó Jerusalen una tarde de primavera, y un soldado romano le obligó a cargar un madero monte arriba porque el mismo Cristo ya no podía apenas sostenerse en pie.
La parte de Epicuro vs. Aristipo, genial! Feliz verano!!